Las historias que nos encuentran

Mujer leyendo un libro junto a una ventana al atardecer mientras la imaginación se mezcla con el paisaje exterior.
A veces, las mejores historias comienzan a encontrarnos mucho antes de que seamos conscientes de ello.

Todos tenemos al menos una historia que sigue acompañándonos mucho después de haber cerrado el libro o apagado la pantalla.

A veces volvemos a ella porque extrañamos a sus personajes. Otras, porque necesitamos recordar cómo nos hizo sentir la primera vez que la conocimos. Y, casi siempre, descubrimos que ha cambiado… aunque las palabras sean exactamente las mismas.

Hay historias que disfrutamos.

Y luego están aquellas que, sin pedir permiso, se quedan a vivir con nosotros.

No importa cuántos años pasen.

No importa cuántas veces volvamos a ellas.

Siempre encuentran una forma distinta de hablarnos.

Las mejores historias no se conforman con entretenernos. Encuentran la manera de acompañarnos.

Algunas historias llegan cuando más las necesitamos

Niña leyendo un libro rodeada de libros en un rincón acogedor e iluminado por la luz de la tarde.
Algunas historias llegan justo cuando más las necesitamos.

Y una misma obra significa cosas distintas según la etapa de la vida que estemos viviendo.

La Bella y la Bestia, la película animada de Disney.

Cuando la vi en mi niñez, no vi a la chica —que ahora dicen— que tiene síndrome de Estocolmo, ni la historia de amor y redención.

Eso vino hasta ya entrada la adolescencia.

Lo que vi en ese momento fue a una chica incomprendida, a la que llamaban “chica rara”, “peculiar”. Algo que yo había vivido desde que tenía uso de razón.

No entendía por qué me identificaba tanto con ella. Solo sabía que, por primera vez, una historia parecía decirme que ser diferente no era un defecto.

Sé que ya existen otras heroínas de Disney independientes, valientes y con esas mismas características que me hicieron amar tanto a Bella. Probablemente las hubiera amado igual o más si hubiese sido niña en esta época.

Pero, en ese entonces, era ella. La chica que sacrificó todo por salvar a su padre. La que no dudó en hacer lo correcto, aunque ello significara perder su libertad.

Luego vino la adolescencia, y hubo otras chicas que también me inspiraron.

Las Sailor Scouts.

Jóvenes con deseos y actitudes normales de su edad, pero que no dudaron ni un segundo en dar sus vidas por proteger al planeta.

Ellas me enseñaron a no rendirme, aunque las circunstancias fueran extremadamente difíciles.

Y la niña llorona, la torpe, la que no quería luchar… ella me enseñó la lección más profunda y poderosa de todas:

Incluso en el villano más despiadado, aquel que todo el mundo te dice que merece morir y ser destruido, existe una pizca de bondad… y vale la pena luchar por ella.

Esa misma idea la expresó Sam en El Señor de los Anillos:

“Hay bondad en este mundo, Sr. Frodo, y vale la pena luchar por ella”.

Aún me dan escalofríos cuando pienso en esa frase y en el discurso de Aragorn antes de enfrentarse a los orcos a las puertas de Mordor.

La voz de Sam intentando animar a un Frodo que va perdiendo la esperanza.

Un Aragorn que decide liderar la batalla sabiendo que tiene todas las posibilidades en su contra y que es muy probable que ahí encuentre su final.

La lección era clara:

Pelea hasta el final por aquello que amas.

Claro, mis ojos de chica joven se fueron hacia el Legolas de Orlando Bloom… y a querer escribirle una historia al personaje, ligada directamente a la del Anillo.

La vida y las responsabilidades que llegaron con la adultez se interpusieron, pero fue la primera vez que me animé a querer crear una novela.

Si la obra de Tolkien ya había dejado una huella profunda en mí, solo por ese hecho le tengo un cariño enorme, igual que a otras historias que también me marcaron.

Como Avatar (no las películas de Cameron, sino la serie de Nickelodeon), donde Aang —igual que Serena en su batalla final contra Sailor Galaxia— tenía todos los motivos para destruir al Señor del Fuego, pero eligió el camino del bien y del perdón; un sendero mucho más difícil, pero también el correcto.

¿Y el lado romántico?

Seguro, todo el mundo deseaba que Katara terminara emparejada con Zuko.

“Los opuestos se atraen.”

“Romeo y Julieta.”

“Fuego y agua.”

Sí, cuando uno es más joven, la idea resulta atractiva. Lo reconozco.

Pero, a medida que la vida te va dando experiencias y lecciones, entiendes que el mejor amor no es el más tormentoso ni el más grandilocuente.

Es aquel que acompaña en las buenas y en las malas.

Aquel que comenzó como una simple semilla de amistad.

El que no nos obliga a ser una versión distinta de nosotros mismos, sino todo lo contrario.

Justamente el amor que tuvieron Aang y Katara.

Esas historias me marcaron.

Me enseñaron a luchar por mis ideales.

A no rendirme ante las adversidades.

A no juzgar por la primera apariencia y a saber encontrar la bondad en medio de la oscuridad.

Con los años me di cuenta de que aquellas historias no tenían tanto en común por su ambientación. Unas transcurrían en castillos, otras en mundos de fantasía y otras más entre maestros del agua y del fuego.

Lo que realmente compartían era otra cosa: todas hablaban de la esperanza, de la compasión y de la decisión de hacer lo correcto incluso cuando era el camino más difícil.

Durante mucho tiempo pensé que lo que más me atraía de ellas eran sus mundos, sus personajes o sus aventuras.

Hoy creo que era algo mucho más sencillo.

Todas ellas, a su manera, me estaban enseñando la clase de persona que quería llegar a ser.

Cuando una historia deja de ser ficción

Mujer cruzando una puerta hacia un paisaje luminoso que simboliza entrar en el mundo de una historia.
Llega un momento en que dejamos de observar la historia desde fuera y comenzamos a caminar dentro de ella.

La primera vez que entramos en una historia —ya sea en un libro o en una pantalla— es como si la observáramos a través de una ventana.

La observas.

La admiras.

Pero sigue estando del otro lado del cristal.

Cierras el libro.

Sales de Netflix.

La vida continúa. No pasa de ser una historia que te entretuvo.

Pero, un día, vuelves a esa misma historia…

…y descubres que, sin darte cuenta, ya no estás mirando por la ventana.

Ahora estás caminando dentro del paisaje.

Las preguntas de los personajes son las tuyas.

Sus dudas te recuerdan a las tuyas.

Sus victorias te emocionan por razones que antes no entendías.

No porque la historia haya cambiado.

Porque tú cambiaste.

Durante mucho tiempo pensé que aquellas historias me habían enseñado esas lecciones desde el principio.

Hoy creo que no fue así.

Las historias plantaron una semilla.

Fue la vida la que, años después, me ayudó a entender lo que realmente habían querido decirme.

Por ejemplo.

Cuando reestrenaron la versión animada de La Bella y la Bestia, con motivo de la llegada de la versión live action, miré con otros ojos el momento en que Bella decide abandonar su idea de escapar del castillo después de que la Bestia la defendiera de los lobos… y entendí mejor su decisión.

Comprendí que no era una renuncia a su libertad, sino la decisión consciente de quedarse al lado de alguien que acababa de mostrar su lado más humano.

Cuando estrenaron Sailor Moon Crystal, disfruté de una nueva mirada a mis heroínas de la adolescencia. Ya no las vi como simples chicas con trajes de marinero que tenían poderes para defender al mundo.

Entendí su sentido de comunidad y cohesión.

Que no hace falta tener los mismos gustos o preferencias para encontrar alineación.

Basta con compartir los mismos valores y un objetivo en común.

Y vi en Endymion muchos de los rasgos que ahora comparten los protagonistas masculinos de mis novelas.

Cuando llegó la pandemia, que cambió la vida de todos en el mundo, la espiritualidad me ayudó a desarrollar un sentido de resiliencia.

La misma espiritualidad que ayudó a Aang a tomar la decisión correcta en la batalla final.

Y cuando decidí tomar un camino distinto del que la sociedad esperaba de mí, recordé aquella frase de Sam.

No porque yo estuviera luchando para destruir un Anillo Único.

Porque era momento de luchar por aquello en lo que creía y defender mis ideales.

Cuando era niña, aquellas escenas me emocionaban.

Cuando crecí, empezaron a enseñarme.

No porque hubieran aparecido nuevas palabras en el libro o nuevas escenas en la pantalla.

Sino porque ahora tenía vivencias con las cuales dialogar.

Sus dudas fueron las mías.

Sus decisiones me ayudaron a tomar las mías.

Fue entonces cuando entendí que aquellas historias nunca habían dejado de hablarme.

Simplemente estaban esperando a que yo viviera lo suficiente para comprenderlas.

Las historias no habían cambiado.

Yo lo había hecho.

Ahora entiendo por qué escribo historias

Escritora trabajando en un manuscrito en un estudio cálido rodeada de libros.
Escribir también es una forma de agradecer a las historias que un día nos acompañaron.

Durante todos estos años, recibí inspiración, compañía y lecciones de todas esas historias.

Pero la vida no se trata únicamente de recibir; es un equilibrio entre dar y recibir.

Por eso ahora creo historias.

Porque quiero corresponder a todos esos momentos en los que me identifiqué con una historia, me encariñé con sus personajes o encontré en ellos luz e inspiración para mi propia vida.

Durante años, esos personajes me acompañaron sin saber que yo existía.

Me hicieron sentir comprendida.

Me dieron esperanza.

Me recordaron que siempre había una forma de seguir adelante.

Nunca podré agradecerles directamente.

Pero sí puedo intentar hacer lo mismo por alguien más.

Quiero que mis lectores quieran a mis personajes.

Quiero que sufran con ellos.

Quiero que celebren con ellos.

Y entonces…

Quiero que, cuando cierren el libro…

…se sientan un poco menos solos.

Quizá ése sea, en el fondo, el mayor sueño de cualquier escritor.

No que recuerden su nombre.

Ni siquiera que recuerden cada detalle de la historia.

Sino que, muchos años después, vuelvan a abrir uno de sus libros…

…y descubran que aquellas páginas todavía tienen algo nuevo que decirles.


Ojalá algún día…

Ojalá algún día alguien termine una de mis novelas y tenga esa misma sensación.

No solamente la de haber leído una historia atrapante.

Sino la de descubrir que una historia, sin pedir permiso, terminó encontrándolo a él también.

La de verse identificado con los personajes y sentir que no está solo.

La de encontrar inspiración y claridad para su propio camino.

Porque las historias que más recordamos rara vez son aquellas que solo nos entretuvieron.

Son las que, de alguna manera, nos acompañaron cuando más lo necesitábamos.

Si alguna vez un lector cierra una de mis novelas sintiéndose un poco más comprendido, un poco más esperanzado o simplemente un poco menos solo, sentiré que todo el tiempo que pasé escribiéndola habrá valido la pena.

Quizá ése sea el verdadero destino de las historias: encontrarnos cuando todavía no sabemos que las estamos buscando.

Mujer entrando en un paisaje luminoso que simboliza cómo una historia puede encontrarnos y transformar nuestra vida.

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