
Si le preguntas a cualquier autor por qué escribe, raramente va a aparecer alguien que te diga “porque quiero ganar mucho dinero con mis obras”.
No porque no existan. Y está bien.
Pero la gran mayoría de nosotros responderemos “porque nos encanta escribir”.
Y es cierto. Obvio, pero cierto.
Nos encanta.
Podemos pasar horas escribiendo. Revisando. Corrigiendo y volviendo a corregir.
Preocupándonos por una palabra, por una escena o por un personaje.
Y entonces…
Viene la pregunta que a ningún autor le gusta plantearse:
¿Y si nadie lo lee?
…
Parece tonto.
Pero es un miedo genuino.
Invertir horas de tu tiempo, verter tu corazón y sí, invertir recursos materiales…
Solo para que esa obra pase inadvertida en las librerías.
Sepultada bajo los millones de títulos de Amazon KDP.
No hay autor que se libre de ese temor.
Y ni siquiera hace falta haber publicado una novela para conocer ese miedo.
Aparece mucho antes.
Cuando compartes por primera vez algo que escribiste. Cuando abres un espacio para mostrar tu trabajo. Cuando publicas unas cuantas palabras y sabes que, técnicamente, cualquiera podría encontrarlas.
Porque escribir y dejar que alguien te lea son dos cosas muy diferentes.
Vaya… no vayamos demasiado lejos.
Esta página y este blog.
Los construí con mucha dedicación, cariño y empeño.
Y desde que inició, escribo mi entrada mensual puntualmente.
Sin tener una audiencia.
Sin saber si alguien se identifica con lo que estoy expresando.
Sin una certeza.
Cuando escribir era solamente para mí

escribir puede ser simplemente un espacio para crear.
Hubo una época en la que no me preocupaba por eso.
Escribir solo significaba eso: plasmar mis ideas. Punto.
Sin pensar en editores, que si la maquetación, los lectores beta y todo lo demás.
Sin preocuparme de cosas como estadísticas, ventas o reseñas.
Solo desarrollar la historia y después revisitarla.
Mis primeros fanfics eran justo eso.
Ideas que me surgían y deseaban salir al papel. Sin buscar necesariamente una audiencia.
Solo éramos mis historias y yo. En ése entonces estaba bien. Satisfacía mi vena creativa.
Pero…
A medida que ese deseo de compartir tus historias crece, algo despierta dentro de ti.
Eso fue lo que me sucedió.
Tal y como conté en Por qué escribo lo que escribo, mi relación con la escritura también fue cambiando; solo escribir mis historias dejó de ser suficiente.
No es el típico “persigue tus sueños”, aunque tiene mucho de ello.
No. Es algo más profundo.
Es tomarte a ti mismo y a tus historias tan en serio que estás dispuesto a que los demás las vean.
Y ahí es donde escribir deja de ser completamente seguro.
Porque mientras una historia es solo tuya, nadie puede rechazarla. Nadie puede decir que no le gustó. Nadie puede ignorarla.
Para permitir que alguien la lea, primero tienes que aceptar que todas esas cosas pueden suceder.
Cuando decides dejar de esconderte

el segundo requiere estar dispuesto a mostrarse.
Pero decidir que quieres compartir tus historias y hacerlo realmente son dos cosas distintas.
Y esa sensación no empieza el día en que Amazon pone tu novela a la venta.
No.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando permites que alguien lea lo que escribiste.
Cuando creas una página de autora.
Cuando publicas un fragmento.
Cuando mandas un texto a un concurso.
Cuando escribes un blog aunque todavía no tengas lectores.
Porque existe una diferencia muy grande entre escribir y dejar que te lean.
Podría parecer que la única diferencia es que el primero es un proceso privado y el segundo, el mismo proceso pero en público.
No. Hay una diferencia mucho más profunda.
Cuando escribes a solas, dejas salir toda tu vena creativa. Te permites expresar emociones que de otra manera no encuentran su lugar.
Pero todo el acto creativo permanece ahí. Puedes decir lo que quieras, expresarte como te dé la gana. Vamos, hasta maldecir.
Porque todo eso no pasa del papel. O del bloc de notas. O del archivo en Google Drive.
Dejar que te lean, en cambio…
Requiere una vulnerabilidad que no exige escribir.
Porque no solo estás vaciando tu corazón y dejando una parte de ti en lo que escribes.
Los estás sirviendo en bandeja de plata; un banquete que tus lectores pueden alabar…o destruir.
Nadie quiere ver su obra vilipendiada. Todos los autores queremos agradar a nuestro público; queremos que nuestro nombre —o seudónimo— les saque una sonrisa.
Pero dejar que te lean también significa aceptar algo mucho menos cómodo: no a todos les va a gustar lo que escribes.
Habrá quien no conecte con una historia. Quien no entienda a un personaje. Quien habría tomado decisiones completamente distintas a las tuyas. Y, sí, también habrá críticas.
No podemos controlar ninguna de esas reacciones.
Podemos escucharlas, aprender de ellas cuando tengan algo que enseñarnos y seguir creciendo.
Porque si la única manera de proteger una historia del juicio ajeno es no permitir que nadie la lea, el precio de mantenerla a salvo es también impedir que encuentre a las personas que podrían amarla.
El silencio también forma parte del principio

Cuando empiezas algo creativo…
muchas veces no pasa nada.
Publicas.
Silencio.
Escribes otro artículo.
Silencio.
Compartes algo.
Tal vez llegan unas pocas personas.
Y el cerebro empieza a interpretar ese silencio:
“A nadie le interesa.”
Pero esa no es necesariamente la realidad.
Muchas veces simplemente significa:
Todavía no te han encontrado.
Este blog es un vivo ejemplo.
Sé que está ahí, que Google lo tiene indexado, que existe.
Pero sé que aún no tengo una audiencia de miles de personas.
Vamos, ni siquiera creo que llegue a una decena 😅.
Aún me encuentro en el silencio del principio.
Por las noches, en la última semana del mes, vengo a este blog, medito sobre lo que quiero expresar y pongo mi cariño y mi empeño en los artículos que escribo.
Luego viene el trabajo con las imágenes, que tampoco es simple; deben acompañar y conversar con el artículo, no solo poner cualquier imagen y ya.
Entonces, después de múltiples revisiones al borrador, pulso el botón “Publicar”.
Y conforme pasan los días… las estadísticas gritan silencio.
Mentiría si dijera que es una sensación bonita, si dijera que no siento un pellizco en mi interior.
Y habrá gente que pensará que “hago esto por hobby” o que, si ya han pasado meses y no tengo audiencia “estoy perdiendo mi tiempo”.
Pero yo no lo veo así.
Soy capaz de ignorar ese pellizco porque lo que estoy construyendo es mi voz de autora.
Una voz peculiar, que se sienta mía.
No todo el mundo se hallará en ella.
Pero algún día habrá una audiencia que sí.
No sé cuándo llegará ni quiénes formarán parte de ella. Pero, así como hay historias que nos encuentran cuando más las necesitamos, quiero creer que también existen lectores que encuentran una historia cuando están preparados para recibirla.
En ese sentido, no todos los silencios son malos.
Piensa en un concierto de música clásica.
¿Qué es lo que viene antes de que la orquesta empiece a tocar una pieza maravillosa?
Silencio.
Los músicos ya están ahí.
Los instrumentos ya están afinados.
La partitura existe.
Hubo ensayos que el público nunca vio.
Todo el trabajo necesario para que exista la música ya ocurrió, aunque todavía no haya sonado la primera nota.
Al escribir sucede lo mismo.
El hecho de que todavía no haya una audiencia escuchando no significa que no esté ocurriendo nada.
Escribes, corriges, vuelves a escribir…
A veces miras la hoja o la pantalla en blanco y no se te ocurre nada.
Otras veces, dejas todo de lado porque algo cotidiano inspira un capítulo completo.
El silencio no necesariamente es vacío.
A veces es preparación.
Entonces, ¿para qué seguir escribiendo?
¿Porque quiero ganar mucho dinero?
Sería maravilloso, pero no.
¿Porque sé que me voy a convertir en una autora bestseller?
Es el sueño de cualquier autor, pero no está en mi control.
No. Es una razón mucho más sencilla:
Porque escribir ya tiene valor antes de que llegue el resultado.
He vivido con estas historias.
Me han acompañado hasta en las actividades más cotidianas y menos literarias de mi día a día.
A veces estoy terminando de beber el té verde que suele acompañar a mi almuerzo, y de repente entiendo que, si mi personaje tiene determinado conjunto de valores, no tiene sentido que actúe de cierta manera.
O algo que parece pertenecer a un capítulo, de repente tiene su eco con capítulos que no has escrito aún.
Mis historias también me han ayudado a entender cosas que no hubiera entendido de otra forma.
Como la importancia de decir las cosas que uno tiene que decir a tiempo.
No un “ya se lo diré después”.
O “¿Pues es obvio, no? Ya debe saberlo”
No asumir… una lección cara de aprender si se hace de mala manera.
Una lección que terminé de entender mientras escribía.
Y he aprendido cosas escribiéndolas. Incluso cosas sobre mí.
Que por ejemplo, mi gusto por organizar y anticipar escenarios…no me convierte automáticamente en una escritora que planea.
De hecho, a la hora de escribir tiendo mucho más hacia lo contrario.
Puedo tener una idea de cómo quiero que vaya una escena, pero al momento de escribirla, puede tomar una dirección completamente distinta. Y a veces el resultado es mejor que la escena original que tenía en mente.
También he descubierto que algunos personajes me exigen mucho más trabajo para encontrar su voz, mientras que otros parecen llegar con ella puesta.
O simplemente…
Hay historias que, por más que tratas de ignorar, simplemente no se dejan soltar.
Y entonces las escribes.
No porque tengas garantías.
No porque Google te haya encontrado.
No porque vaya a vender.
Sino porque, antes de todo eso, esa historia ya tiene una relación contigo.
Tal vez nadie me esté esperando todavía. Eso no lo sé.
Lo que sí sé es que estas historias sí llevan tiempo esperando que yo las escriba.
Escribir también es un acto de esperanza

y decida darle una oportunidad.
Lo sé…suena a frase motivacional de esas que van impresas en las tazas.
Pero creo que todos los autores, no importa si noveles o consagrados, ejercemos esa esperanza con más frecuencia de la que creemos.
Porque cada palabra, cada página que sale de la pluma (o del teclado), es una apuesta.
No sabemos quién va a leerla.
No sabemos cuando.
Quizá será dentro de un mes.
Quizá dentro de cinco años.
Puede suceder que alguien encuentre una de mis novelas cuando yo ya esté escribiendo otra muy distinta.
Pero cuando escribo, lo hago suponiendo que algún día habrá alguien al otro lado.
Alguien que pase por los pasillos de una librería o que esté scrolleando en Amazon y se detenga al ver la portada de mi novela.
Que lea la sinopsis y se interesa.
Quizá duda.
Ve el nombre “Jimena Rangel”. No le suena familiar.
Pero le intriga.
Abre el libro y lee las primeras páginas.
Y le gusta. Decide darle una oportunidad a una autora que todavía no conoce.
O quizá ese lector llegue de otra manera: alguien leyó mis páginas antes y decidió recomendar mi novela a otra persona.
Quizá lo hizo porque se emocionó con la historia.
Porque se identificó con ella.
Porque leerla fue una ventana de tranquilidad en un mundo que cada vez hace más ruido.
Y ese lector quiso que alguien más tuviera esa experiencia.
O quizá suceda de otra manera…
Cada lector puede tener una razón distinta para leer mis páginas.
Cómo y cuándo sucederá eso no lo sé.
No tengo una bola de cristal para predecir quiénes van a estar ahí cuando mis historias vean la luz
Solo tengo la esperanza de que habrá alguien.
Mientras tanto, sigo escribiendo
No porque esté persiguiendo un bestseller, aunque reconozco que me encantaría conseguirlo algún día.
Escribo porque quiero que mis historias conmuevan a mis lectores tanto como han logrado conmoverme a mí.
No, no tengo idea de quiénes van a leer mis historias.
Tampoco sé si serán 10, 100 o 1000.
No sé si llegarán cuando la novela sea publicada, un año después o mucho más tarde.
No lo sé ni tengo control sobre ello.
Pero de algo sí estoy segura:
Quiero tener algo esperándoles para cuando lleguen.
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