
Durante mucho tiempo pensé que entendía lo que era el amor.
Creía que podía reconocerlo cuando lo veía.
Que tenía una forma muy específica.
Con el tiempo descubrí que estaba viendo solo una pequeña parte del cuadro.
Me di cuenta que el amor puede tomar muchas formas.
El amor que imaginamos
En mi adolescencia y mi juventud, cultivé una versión demasiado almibarada e idealizada de lo que era el amor.
No era una idea que hubiera inventado yo sola.
Había crecido entre películas, series y novelas donde el romance era el centro de la historia.
Me veía como un personaje de serie adolescente: una chica que “no es como las demás” que le cuesta trabajo adaptarse. Entonces llegaría el chico guapo, ése por el que todas las demás suspiran y que, si quisiera, podría salir con cualquiera.
Pero en el fondo busca otra cosa…y es ahí donde ve algo especial en la chica a la que nadie más parece ver.
El romance era el centro de la historia, y claro, después de las correspondientes dificultades, venía el final feliz.
Y desde luego, las expectativas eran altísimas: un romance de esos que te levantan por los aires como príncipe de Disney a su princesa.
Mientras escribo estas líneas parece que estuviera viendo a mi yo adolescente mientras miraba al chico guapo de su salón y soñando con esa historia de amor.
Pero el sentimiento no es cringe, ni “ay, que tonta fui”.
Lo que siento es una ternura inmensa.
Porque hoy sé que no estaba equivocada por creer en el amor.
Solo conocía una versión muy pequeña de él.
Esa chica que sueña con grandes amores mientras mira pósters de Legolas en su pared todavía no lo sabe…
Pero está a punto de descubrir que el amor no siempre llega vestido de romance.
El amor que nos ayuda a crecer
Esa historia de amor que mi yo adolescente imaginaba…no sucedió.
Y, visto desde donde estoy hoy, me alegra que no haya sucedido.
Hubo encuentros.
Hubo decepciones.
Y durante un tiempo llegué a creer que esa parte de la vida simplemente no era para mí.
Pero entonces…la vida me tenía preparadas unas cuantas lecciones.
Porque en plena adultez…llegó quien fue mi primer amor.
Alguien a quien había conocido en mi etapa escolar.
Alguien que gustaba de mí, pero a quién no veía como una posibilidad romántica en ese momento.
Hasta que llegó la vida adulta y las circunstancias me colocaron en una situación en la que pude verlo de forma distinta.
Y entonces ese amor que yo imaginaba de adolescente, llegó de una forma muy distinta.
Intenso, apasionado…pero también muy volátil.
Como algunos aprendizajes importantes.
Y ése primer amor, me enseñó muchísimas cosas.
Me confirmó lo que buscaba en una relación.
Pero, sobre todo, me enseñó aquello que nunca más estaría dispuesta a aceptar.
La pandemia terminó de deshacer un vínculo que ya estaba moribundo, pero yo no me había enterado, o mejor dicho, no me había querido enterar.
Pero una vez procesado el duelo, me di cuenta de que hay personas que llegan a nuestras vidas no para quedarse, sino para enseñarnos algo.
Y él no sólo me enseñó lo que no debo tolerar en una relación.
Durante mucho tiempo, mis historias siempre giraban alrededor de un universo ya construido.
Pero entonces, en una de tantas citas, me dijo:
“¿Y si tomaras tus fanfics y los cambiaras por algo original?”.
No puedo decir que decidiera convertirme en escritora únicamente por esa conversación.
Pero sí puedo decir que aquella pregunta quedó conmigo durante años.
Y, cuando finalmente llegó el momento de escribir mis propias historias, comprendí que aquella semilla había estado creciendo en silencio todo ese tiempo.
El amor que permanece

La adolescente tampoco imaginaba que, antes de vivir su primer amor romántico, conocería uno mucho más puro, genuino e incondicional.
El amor de una mascota.
Ya había tenido mascotas en mi infancia: una gallina, un par de tortugas.
Pero nunca había construido un vínculo verdadero con ellas.
Eso cambió cuando un perrito llegó a mi vida, hacia el final de mis veintes.
Él se convirtió en mi compañero más fiel.
Era capaz de endulzar el día más amargo con solo recibirme en la puerta.
Si estaba feliz, lo sabía.
Si estaba triste, también.
Nada era demasiado cuando se trataba de él.
Era capaz de cancelar vacaciones ya pagadas si el lugar no aceptaba mascotas.
Y con gusto dormía en colchones medio aguados o renunciaba a las mejores vistas si eso significaba que él podía acompañarme.
Ver su carita de alegría mientras empacaba la bolsa con sus cosas —esa que parecía decir: «Ya sé que te vas de viaje… ¡y estoy feliz porque me vas a llevar contigo!»— valía mil veces cualquier sacrificio.
Describir nuestro vínculo requeriría un libro completo.
Quienes compartan su vida con una mascota probablemente entenderán a qué me refiero.
Y aunque él cruzó el puente del arcoíris hace algunos años, su amor permanece intacto en mi interior.
Porque ese es el amor que no necesita explicarse.
No necesita negociación.
No necesita promesas.
Solo existe.
El amor que siempre estuvo ahí

Descubrir nuevas formas de amor también tuvo un efecto inesperado.
Me hizo volver la vista hacia otras que habían estado presentes desde el principio.
Solo que yo no las veía con la misma claridad.
Porque no venían con cuatro patitas y mucho pelito.
Tampoco llegaban en forma de príncipes dispuestos a bajar la luna y las estrellas.
Simplemente… siempre habían estado ahí.
La familia.
Esas personas que te conocen desde antes de que tú mismo supieras quién eras.
Quienes celebraron tus primeras victorias, te acompañaron en los momentos difíciles y, sin darte cuenta, ayudaron a construir la persona en la que te convertirías.
Cuando los tenemos cerca, es fácil dar por sentado ese amor.
No porque no lo valoremos.
Sino porque creemos que siempre estará ahí.
Pero los años suelen enseñarnos otra cosa.
Nadie es eterno.
A mí me pasó con mis abuelos.
Siempre estaban ahí.
Siempre amorosos.
Siempre dispuestos a escuchar, a aconsejar… o simplemente a hacerme sentir en casa.
Y fue solo con el paso del tiempo cuando comprendí cuánto de ese amor había dado forma a mi vida.
Creo que una de las cosas más bonitas que hace el tiempo es regalarnos perspectiva.
Si mantenemos la mente y el corazón abiertos, muchas veces descubrimos que algunos de los amores más importantes de nuestra vida nunca hicieron ruido.
Simplemente… siempre estuvieron ahí.
El amor que toma forma de historias

Y sí, para alguien que ha conocido distintas formas de amor, la salida más natural de esa creatividad termina siendo escribir historias.
Porque cada vivencia —las luminosas y también las dolorosas— va dejando algo detrás.
Una emoción.
Una pregunta.
Un aprendizaje.
Y, muchas veces, un personaje.
La tristeza del amor que nunca se expresó a tiempo fue la chispa que inspiró mi primera novela.
Fue mi manera de decir:
“Gracias. Lo que hiciste en mi vida sí importó.”
Y, sin saberlo, también terminó convirtiéndose en una obra que me acompañó durante los tiempos más oscuros de la pandemia.
Mi segunda novela nació desde un lugar distinto.
No habla de un solo tipo de amor.
Habla del amor que llega demasiado tarde.
Del amor que, cuando es excesivo, termina asfixiando.
Del amor que nos obliga a romper expectativas para descubrir quiénes somos realmente.
Y de muchas otras formas de amar que no necesariamente tienen que ver con una pareja.
Porque, al final, el amor siempre termina hablando de personas.
De vínculos.
De encuentros.
De pérdidas.
De aquello que nos transforma.
Creo que por eso casi todas mis historias terminan teniendo el amor como uno de sus ejes.
No porque todas busquen un final feliz.
Sino porque todas nacen de la misma necesidad profundamente humana:
la necesidad de conectar.
Por eso sigo creyendo en el amor
Hoy ya no espero que el amor llegue de una sola manera.
Ya no creo que solo exista cuando dos personas se enamoran.
Lo he encontrado en despedidas que me hicieron crecer.
En un perrito que cambió mi manera de entender la compañía.
En unos abuelos cuyo cariño sigo descubriendo incluso después de que ya no están.
En una familia que estuvo ahí desde el principio.
Y también en las historias que nacen cada vez que intento comprender un poquito mejor el corazón humano.
Por eso sigo creyendo en el amor.
No porque todo salga bien.
No porque todas las historias duren.
No porque todos los finales sean felices.
Sino porque, después de todos estos años, entendí que el amor nunca dejó de estar ahí.
La única que cambió… fui yo.
Aprendí a reconocerlo.

