Cuando una historia empieza a sentirse real

Escritora contempla en su computadora el primer borrador de una novela en un estudio iluminado al atardecer.
A veces terminas una historia y descubres que llevaba mucho tiempo volviéndose real.

Ayer escribí las últimas palabras que me faltaban del primer borrador de mi segunda novela.

El momento se sintió muy surrealista.

Porque no fue un momento ceremonioso, ni tampoco estaba escribiendo una escena trascendental; no fue el final feliz, ni tampoco el inicio atrapante.

Solo fue una de múltiples escenas de los primeros capítulos.

Y sin embargo… lo pienso y aún no puedo creerlo.

Como ya lo mencioné en Las historias que no se pueden soltar, esta novela ni siquiera iba a ser la segunda que escribiría. En mi lista de proyectos ocupaba el número cuatro.

Durante meses solo hubo ideas repentinas que iban a mi archivo de notas “para su futura construcción”.

Pero un buen día esta historia decidió que no quería ser la número cuatro. Decidió que quería ser contada y quería ser contada ya.

Algunos capítulos salieron en un solo día; a otros les llevó más tiempo. Hubo capítulos que amé escribir y otros que me costaron más trabajo.

Y de pronto… ya no hay más escenas; todas han encontrado su lugar.

Ya no hay más palabras que escribir.

El primer borrador existe.

A las mil emociones que siento se le suma una pregunta:

¿Fue realmente ayer que esta historia que nadaba en mi cabeza se volvió real?

Al principio, una historia es solamente una posibilidad

Escritorio de escritora con bosquejo, notas, posibles caminos narrativos y el primer capítulo abierto en una computadora.
Antes de convertirse en una historia, una novela puede contener muchos caminos posibles.

Así como suena.

Puede nacer de cualquier lado: de otra historia cuya trama o final nosotros contaríamos de manera diferente; quizá de preguntarnos “¿qué pasaría si…?”; o, en el caso de mi primera novela, de darle resolución a un pesar de años.

Pero la mayoría de las veces solo tenemos eso: una premisa por explorar, ideas sueltas, uno o dos personajes y cien caminos distintos que la historia podría tomar. Todavía no existe una historia propiamente dicha.

Es una sensación muy peculiar saber que, como creador de ese pequeño universo, puedes darle prácticamente el giro que desees. Existe una idea concreta, pero aún no conoces por completo la historia que quieres escribir.

Mi segunda novela fue así: delimité cierto número de capítulos, definí en cuál terminaba cierto arco de la historia y bosquejé, a grandes rasgos, qué sucedería en cada uno.

Y al principio, ese primer bosquejo se cumplió al pie de la letra.

En ese momento parecía que ya conocía el camino. Había decidido cuáles serían las grandes paradas y solo faltaba recorrer la distancia entre una y otra.

Pero escribir una historia no resultó ser lo mismo que resumirla en un bosquejo. Conforme las escenas comenzaron a tomar forma, aparecieron preguntas que ese primer esquema no había tenido que responder. Algunas decisiones necesitaban consecuencias. Ciertos personajes necesitaban más espacio. Y algunas ideas que funcionaban perfectamente en unas cuantas líneas dejaron de funcionar cuando llegó el momento de convertirlas en escenas.

Si hoy me preguntaran: “Jimena, ¿quieres decir que si consigo ese bosquejo sabría lo que pasa en tu novela sin leerla?”…

Pues… no.

Porque ese bosquejo y el primer borrador que he terminado comparten algunos elementos, pero ya no se parecen demasiado. En el camino cambié muchas cosas, incrementé el número de capítulos, introduje otras subtramas… y nada de eso se encontraba en mi bosquejo original.

Y sospecho que no soy la única autora a la que le ha pasado.

Una idea puede pertenecerte por completo; una historia empieza a adquirir identidad cuando comienza a poner límites a lo que puedes hacer con ella.

Porque llega un momento en que ya no cualquier cosa funciona.

Cuando los personajes empiezan a tener voz propia

Escritora trabaja en una novela rodeada de notas, mapas y referencias sobre personajes, lugares y conflictos.
Escribir también significa descubrir qué decisiones pertenecen realmente a cada personaje.

Hay una frase que he escuchado muchas veces en videos de otros autores: “Los personajes hacen lo que quieren”.

Creí que solo era un cliché de escritor.

Hasta que me empezó a suceder…

Aunque yo no lo pondría con esas palabras; eso sería equivalente a decir que un autor tiene alucinaciones literarias 😅.

Lo que pasa es algo distinto:

A medida que empiezas a escribir las escenas, te das cuenta de que una misma idea no sonaría igual en boca de dos personajes distintos.

Que cada uno tiene su muletilla o incluso un apodo para otro personaje.

Hay personajes cuya voz identificas inmediatamente y no te cuesta para nada escribir. Otros, en cambio… requieren más trabajo de búsqueda.

Y ese trabajo requiere hacerse ciertas preguntas. Ya no es solamente: “¿Qué quiero que haga aquí?”

Eso es algo que me ocurrió más de una vez.

Si mi personaje es más bien analítico y le pongo una reacción visceral, no puedo ponerla de la nada simplemente porque la escena lo requiere.

Dada su historia, sus valores y cómo toma decisiones, ¿qué tendría que suceder para que el personaje hiciera algo contrario a su naturaleza?

Pongamos el ejemplo contrario: si otro personaje tiende a moverse desde la intuición y la emoción, tampoco tendría sentido que, de repente, tomara una decisión basándose exclusivamente en un análisis frío, sin que hubiera una razón para ese cambio.

Así tengas definido el perfil de tu personaje antes de escribir la novela, conforme vas desarrollando la trama, llega un punto en que conoces tan bien a un personaje que ciertas acciones simplemente dejan de resultarle posibles.

Eso hace que inevitablemente surjan preguntas como:

¿Qué haría este personaje?

¿Esta decisión va de acuerdo con él o es algo que haría alguien más en la novela?

Y ese tipo de preguntas cambian por completo la escritura.

Cuando la historia empieza a sorprenderte a ti también

Hay una clasificación muy conocida entre escritores que en inglés suele resumirse como plotter vs. pantser: quienes planifican la historia antes de escribirla y quienes prefieren descubrir buena parte de ella mientras escriben.

Aunque en muchos aspectos de mi vida tiendo hacia la primera categoría, confieso que en mi faceta de autora… soy más de lo segundo 😅.

Puedo tener bosquejado de forma general el esqueleto de la historia y, aun así, encontrar durante la escritura conexiones que no estaban previstas.

Hay muchas formas en que esto puede suceder:

Una conversación cotidiana que de pronto te revela algo sobre un personaje; una decisión en un capítulo que produce consecuencias varios capítulos después; una escena secundaria que termina adquiriendo más importancia de la esperada.

Volvamos a los personajes de mi segunda novela.

En la trama original, mi personaje principal iba a salir huyendo después de una situación altamente emocional.

Pero si este personaje tiene el sentido de la responsabilidad casi como lema de vida, huir de sus obligaciones después de esa situación dejó de tener sentido.


Tuve que modificar su decisión y reemplazarla por otra más acorde con sus valores y su manera de actuar. Eso, a su vez, alteró subtramas posteriores.

También está el ejemplo de algo tan simple como un mueble. Al principio solo era un objeto mencionado de pasada en una escena. Pero, a medida que desarrollé los capítulos posteriores, adquirió más importancia y, aunque suene risible, tuve que darle más personalidad: una historia, ciertas características, algo que no pudiera encontrarse tan fácilmente.

Y de repente, te encuentras investigando en internet sobre muebles o consultando en Google Maps los tiempos de traslado de un punto a otro.

Son detalles que quizá un lector nunca se detenga a cuestionar. Pero tú necesitas conocerlos porque determinan qué puede suceder, cuánto tiempo toma o por qué algo tiene importancia para un personaje.

No es solo que “la historia y los personajes cobren vida”. Hay trabajo narrativo detrás, pero también hay descubrimiento.

Eso, para mí, es uno de los indicios más claros de que la historia empieza a sentirse real:

Cuando también puede sorprender a la persona que la está escribiendo.

Hay cosas que ya no puedes cambiar sin romper algo

Páginas de una novela con anotaciones que conectan cambios y consecuencias entre distintos capítulos.
Cuando una historia adquiere coherencia, cambiar un detalle puede afectar escenas que ya estaban escritas.

Cuando empiezas a escribir, puedes cambiar casi cualquier cosa: tiempos, decisiones, lugares, circunstancias.

Pero a medida que avanzas y las páginas se acumulan… llega un punto en que ya no puedes cambiar una cosa sin afectar otra.

No porque el manuscrito sea intocable —¡para eso vendrá la revisión!—, sino porque cada decisión ya tiene raíces. Una personalidad afecta una relación; esa relación provoca una decisión; esa decisión altera otra escena…

Es el punto en que la historia ha adquirido coherencia interna.

Eso no la vuelve inamovible, para nada.

Pero sí significa ser consciente de que ya no estás moviendo piezas aisladas sobre una mesa. Si tiras de un hilo, algo se mueve en otra parte. Si cambias algo en un capítulo, quizá tengas que modificar también detalles relacionados en otros dos o tres.

Ya mencioné antes el caso de aquel mueble que comenzó siendo un detalle casi incidental y terminó adquiriendo mayor importancia en la historia.

En las primeras versiones estaba forrado de tela. Hasta ahí, todo normal. ¿Qué consecuencias podría tener cambiar un mueble? ¡Por favor! Ni que estuviera escribiendo un tratado de ebanistería…

Pero entonces…

Al convertirse en un objeto especial dentro de la historia, ya no podía ser cualquier mueble ordinario que puedes adquirir en cualquier lugar.

Y, al definirlo mejor… pues ya ni siquiera estaba forrado de tela, sino de piel.

Puede parecer una característica insignificante, pero al definirla, ¡tuve que hacer cambios en otros dos capítulos relacionados con ese mueble!

Una decisión de unas cuantas palabras terminó propagándose por escenas que ya había escrito.

Es en momentos como esos cuando te das cuenta de una verdad inequívoca:

Tu historia, aunque sigue siendo tuya, empieza a sentirse menos como una colección de decisiones de autor y más como un mundo con consecuencias.

Y un día llegas al final

Es un momento con el que puedes soñar o fantasear.

Puedes incluso proponerte una fecha para alcanzarlo.

Pero es difícil planear cómo será realmente.

Simplemente sucede.

Para cada autor será distinto.

Habrá quienes dediquen un tiempo especial del día a escribir. Otros, como yo, encuentran espacios en medio de la agitada vida cotidiana para hacerlo.

Pero, de una forma u otra, todos terminamos acercándonos al mismo momento.

A veces ni siquiera te das cuenta de que estás tan cerca. Todavía tienes una escena pendiente aquí, unas líneas que completar allá, algo que sabes que falta pero que aún no has escrito.

Hasta que esos pendientes empiezan a desaparecer uno por uno.

Llega el día en que escribes la última palabra que faltaba.

En que ya no hay capítulos pendientes.

No hay escenas rebeldes, subtramas que descubres que merecen un capítulo propio, ni huecos por rellenar.

La historia existe.

No es perfecta. Tampoco es la misma historia que existía en aquel primer bosquejo.

Eso no significa que haya terminado con ella ni que nunca más vaya a tocarla.

Al contrario: aún hay muchísimo trabajo por hacer.

El primer borrador no es el libro terminado.

No obstante, por primera vez puedo mirar la historia completa, incluso con todas sus imperfecciones.

¿Es en este punto donde la historia se volvió real?

No.

La historia no se volvió real cuando escribí la última palabra.

Esa palabra simplemente hizo imposible no verlo.

Las historias existen antes de estar terminadas

No puedo definir el momento exacto en que ocurrió, porque ni yo misma lo sé.

Solo sé que fue sucediendo.

Una voz que encontré.

Una escena que cambió otra previamente escrita.

Un personaje que dejó de aceptar cualquier decisión.

Una consecuencia que apareció capítulos después.

Una historia que comenzó a tener memoria de sí misma.

Meses de abrir la carpeta por las mañanas, antes de levantarme, y por las noches, antes de dormir, preguntándome qué seguía.

Hasta que un día…

Llegué al final y descubrí que aquello que al principio solo existía porque imaginaba que podía existir…

Ya estaba ahí.

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Manuscrito de una novela sobre un escritorio con el título “Cuando una historia empieza a sentirse real”, de Jimena Rangel.

1 comentario en “Cuando una historia empieza a sentirse real”

  1. Pingback: Personajes que cambian la historia | Jimena Rangel

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