Por qué escribo lo que escribo

mujer pensativa en su habitación, reflexionando sobre el camino de vida que no la llena.

No hay camino construido…
se crea con cada decisión.

Durante mucho tiempo creí que escribir era algo que podía esperar.

“Primero va el deber, luego la diversión” fue una enseñanza con la que crecí.

Toda mi vida, creía que tenía el plan de vida trazado:

  1. Graduarme de una carrera “que deje”.
  2. Conseguir un trabajo “estable”.
  3. Trabajar hasta la jubilación.
  4. Y fin.

Cuando llegué al segundo paso… me di cuenta de que el mapa de vida me lo habían trazado conforme a lo que mis padres creían que era “lo seguro”.
Lo correcto.

Pero no era lo correcto para mí.

Había logrado todo lo que me había propuesto:
ser la hija, alumna y trabajadora modelo.

Pero una parte de mí gritaba que eso no era todo lo que yo era.

Que había más.

Una vocecita que no se callaba…
Pero que al mismo tiempo no sabía responder qué era ese “algo más” que yo era.

Esa etapa de mi vida duró al menos 9 años.

Nueve años repitiendo la misma rutina.

El nuevo plan original

mujer mirando Google Maps en su celuar, representando un sentido de desorientación en la vida.

No todos los planes están hechos para quedarse.

Cansada de esa vocecita…
y de sentirme un zombi en vida, salí del “mundo godín”.

Pero no tenía ni la menor idea de hacia dónde iba a ir.

Tenía experiencia, eso sí.
Así que pude hacer algunos proyectos en modo freelance.

Y no me fue mal.
Hasta eso, me gusta poner empeño en todo lo que hago.

También me seguí especializando, creyendo que me faltaba más conocimiento en mi área.

Pero seguía sintiendo ese vacío.

Tracé entonces un nuevo plan de vida.
Con trazas del anterior, pero “nuevo”.

O al menos eso creía yo:

Regresar al mundo godín con mi experiencia adquirida y mis nuevos conocimientos.
Seguir tomando experiencia y trabajar ahí no hasta la jubilación, sino solo 10 años.
En ese tiempo, seguir adquiriendo conocimientos y experiencia para poner mi propia empresa al término de ese tiempo.
Invertir parte de mi sueldo para tener un capital de dónde empezar.
Abrir mi propia empresa o consultoría y ahí sí: trabajar hasta la jubilación.

Según yo…era perfecto.

Pero a la mala aprendí que no hay planes perfectos.

Pasaron tantas cosas en medio…
que esta entrada tendría que ser un libro autobiográfico.

El quiebre

Todos los millenials y generación Z sabemos que la vida es todo…
menos un camino recto sin obstáculos.
Hemos nacido y crecido en medio de crisis económicas,
viendo cómo la estabilidad que construyeron —y de la que gozaron—nuestros padres y abuelos se derrumbaba.

“Ahora sí. Ya salí adelante de situaciones difíciles y lo hice bien.”
“2020 será mi año. Ahora sí podré poner mis planes en marcha.”


Claro… eso creía.

Había un obstáculo más.
Uno “chiquito” llamado COVID-19.

El mundo se volteó de cabeza.
Gente muriendo en todo el planeta…
de las formas más terribles.

Y los que sobrevivían…quedaban con secuelas.

La más temida por mí:
el covid de larga duración.

Tocó aguantar otra vez.

Como me había tocado hacerlo
durante los últimos cuatro años.


Igual que mucha gente, creí que se pasaría rápido.
Que podría volver a la normalidad.
A mis planes.

Pero los días se convirtieron en semanas…
y las semanas en meses.

Y en el encierro obligado,
una introspección profunda se hizo inevitable:


“¿Y si mueres sin poder hacer aquello que más anhelas?”

“¿Pero qué es eso que más anhelo?
Lo he estado buscando durante años sin hallarlo.”


“Eso es porque lo has estado buscando en el lugar equivocado.
Busca en tu interior”.



Lo hice. Y el resultado fue sorpresivo y gratamente familiar.

El origen

Mujer joven escribiendo en un cuaderno en un ambiente cálido, escribiendo el borrador de una novela.

Hay cosas que empiezan mucho antes de que sepamos nombrarlas.

Desde que podía tomar un lápiz y dibujar muñequitos…
me encantaba inventar historias.

De amigas que se iban de vacaciones y lo pasaban bien.
De familias felices que comían en armonía.
De maestras de kinder que me enseñaban a hacer gimnasia y honores a la bandera.

Cosas de niños.

Etapas que les dicen a los padres que pasarán.

Pero a mí no se me pasó.

Llegó la adolescencia
y luego la adultez.

Y con ello, historias que dejaron su impronta en mí:

Sailor Moon
Once Upon a Time
Avatar The Last Airbender

Esos cuentitos se transformaron en fanfics.

Historias a las que yo les daba mi voz…
Y el final que yo creía apropiado
cuando no me gustaban los desenlaces originales.

Mi primer intento de novela

Fascinada por la obra de Tolkien…
y embelesada con el Legolas de Orlando Bloom, me lancé —en palabras de mis abuelos— “a la de sin susto”
a escribir una novela romántica con él de protagonista y otra elfa de mi creación.

(No me gustaba Arwen para él… mucho menos Gimli 😐)

Pero era demasiado larga para el tiempo disponible que tenía.
Demasiado compleja para mis limitados conocimientos de escritura creativa.
Y no era “algo que me dejara”.

Así que terminé por abandonarla.

“Es solo un hobby”. Me decía.
“Ya habrá tiempo para hacerlo”.
“Lo haré cuando me jubile. Puedo escribir para Harlequín Ibérica”.

La frase que se quedó conmigo

mujer pensativa en una tarde lluviosa, pensando en las palabras que la llevan a su camino de escritora.

Algunas decisiones no cambian tu vida…la revelan.

A diferencia de muchos de mi generación, tuve a mi verdadero primer amor en la edad adulta.

Digo verdadero porque es el que te mueve todo el piso…
sacude tu mundo…
te hace cuestionarte todo.

Todo lo anterior fueron infatuaciones infantiles.

Mi primer amor me enseñó muchas cosas.

Confirmó lo que quería de una relación.
Me enseñó muchísimo de lo que no debo tolerar ni aceptar.

Pero de entre todas las frases—buenas y malas—que me dijo, una se quedó conmigo.

Lo que me dijo cuando le conté sobre este hobby mío de hacer fanfics:

“¿Y si cambiaras todos los personajes y lugares…
y lo hicieras una historia original?”


En ese momento…lo ignoré.

Pero cuando hice la introspección durante la pandemia,
esa frase volvió a mi cabeza.

Y ya no la pude seguir ignorando.

Ahí supe lo que la vocecita me había querido decir durante tantos años…
sin poderle dar voz:

“Quiero contar historias”.

Y a esa revelación se sumaron otras dos:

“No quiero esperar a la jubilación. La vida es ahora.”
“Harlequín Ibérica suena bien, pero mi voz es distinta.”

El presente

mujer escribiendo mientras va en autobús, aprovechando los ratos libres para escribir.

La vida no espera a que estés lista.
Tus historias tampoco.

Cuando tuve esa especie de epifanía,
las circunstancias seguían sin ser las mejores.

Tiempo.
Responsabilidades.
Otros proyectos digitales igualmente satisfactorios…
pero demandantes.

Pero sabía que ya no quería seguir posponiendo a esa vocecita.

Tenía recursos limitados.
Tiempo limitado.

Eso era mejor que nada.

Así que empecé a utilizar los “tiempos muertos”.

Los ratos en la noche antes de cerrar actividades.
Los atascos en el Metrobús o metro, si lograba encontrar un asiento.
Los tiempos de espera en la cola del supermercado
o la sala de espera del médico familiar.

Solo necesitaba mi celular, Google Docs…
y mi mente creativa.

Y de a poquito en poquito,
de palabra en palabra…
empezaron a nacer las ideas.

Y antes de darme cuenta, ya tenía:

Varias novelas bosquejadas.
Una terminada.
Otra en proceso.


Y junto con ello…

Mi identidad como escritora.

Así nació Jimena Rangel

mujer disfrutando de la tranquilidad en una tarde soleada, sintiéndose en paz consigo misma.

Los sueños no desaparecen…
solo esperan a que dejes de posponerlos.

Y así llegué hasta aquí.

A partir de una voz que se rehusó a callarse.
Sin credenciales académicas.
Sin grandes pretensiones.

Solo con el deseo de contar historias
que muevan algo dentro de ti.

No escribo porque sea el momento perfecto.
Eso no existe.

Escribo porque ya no puedo dejarlo para después.


Si algo de esta historia resonó contigo…
puedes quedarte un poco más.

Quizá quieras leer lo que viene.

Mujer escribiendo en un cuaderno en un ambiente cálido, representando el proceso creativo de escribir una novela

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